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Pianistas que desafinan

Todo lo ocurrido en relación con los transgénicos, así como lo sucedido hace ya algo más de un año con la publicación de “La cocina al desnudo” me lleva a recordar el decálogo del periodista que formula el libro de Juan Luis Cebrián “El pianista en el burdel”

Siento mucho mi prolongada ausencia, pero, entre un par de viajes fuera de España y múltiples desplazamientos internos, tuve que guardar cama durante varios días debido a un persistente catarro, del que aún no estaba del todo repuesto cuando participé en la manifestación contra los productos transgénicos (o, en la mayoría de los casos, genéticamente modificados) celebrada en Barcelona el 28 de junio, organizada por la plataforma Som lo que Sembrem.

Todo lo ocurrido en relación con los transgénicos, así como lo sucedido hace ya algo más de un año, me lleva a recordar una especie de decálogo del periodista formulado por Juan Luis Cebrián en su libro El pianista en el burdel, aunque propiamente, no se trate de un decálogo, porque son nueve los puntos del minicódigo de deontología periodística que propone. En mi post de hoy, les invito a examinar los cuatro primeros.

1. La primera obligación del periodismo es la verdad.

¿La verdad, toda la verdad y nada más que la verdad? Así, por ejemplo, leo que el periodista Óscar Caballero publica en La Vanguardia del 18 de junio un artículo titulado “Galaxia Robuchon” en el que resume unas declaraciones del gran chef galo a L’Express. Caballero cita a Joël Robuchon diciendo que “el único error de Adrià es el de haber comercializado productos bajo su propia marca”. Pero el original francés dice: “Le seul tort de ce chef, c’est d’avoir commercialisé ses additifs sous sa propre marque”. Vaya, según Caballero, la traducción de additifs es ‘productos’, un caso de lo que Sofia Coppola llamaría “lost in translation”. Y hablando de cosas que se pierden al traducirlas, Caballero omite en su artículo que, en dicha entrevista, Robuchon también afirma que la cocina molecular es “une parenthèse qui ne va pas tarder à se refermer” (‘un paréntesis que no tardará en cerrarse’).

2. Su primera lealtad es hacia los ciudadanos.

Casi todos los medios de comunicación se hicieron eco de la iniciativa legislativa popular para prohibir los transgénicos promovida por Som lo que Sembrem, avalada por 105.000 firmas. Pero el discurso científico que publicó la prensa fue casi unánimemente favorable a los transgénicos, como este artículo de El Periódico o la contra de La Vanguardia en la que se entrevistó a Neal Stewart, diseñador de plantas genéticamente modificadas, entrevista que, por cierto, aparecía sin firmar. ¿Casualidad?

3. Su esencia es la disciplina de la verificación.

El 21 de marzo, por ejemplo, el periódico del que Cebrián fue director, El País, 5941.10xbtc.tk

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" onclick="javascript:_gaq.push(['_trackEvent','outbound-article','http://www.elpais.com']);" target="_blank">informaba: “Parece que por fin se ha resuelto el enigma de los problemas gastrointestinales que sufrieron el mes pasado los comensales del famoso restaurante británico The Fat Duck. Primero fueron 40 clientes los que manifestaron vómitos y diarreas, luego hasta 400 personas dijeron que habían sido afectadas”.

Lo cierto es que el día antes, 20 de marzo, la Health Protection Authority había emitido un comunicado en el que se indicaba que el número de afectados era 529 (y no 400) y que la investigación no estaba cerrada. De hecho, la HPA aún no ha emitido su informe final sobre el caso del Fat Duck, y algunas fuentes (que, por cierto, también se equivocan con el número de afectados) indican que el retraso se debe a la pandemia de la gripe A o gripe porcina, que ha obligado a la agencia británica a apartar su atención de una intoxicación que sanitariamente era de importancia mucho menor. ¿Son indisciplinados los redactores de El País, o no verifican lo que publican?

Otro ejemplo: el mismo día en que llegaba a las librerías La cocina al desnudo, el 28 de mayo de 2008, la prensa publicó un comunicado en nombre de Slow Food España solidarizándose con “la queja pública que los compañeros de Eurotoques han realizado contra Santi Santamaria”. Al día siguiente, Slow Food de Barcelona, Garraf, Manresa, Priorat, Tarragona, Terres de Lleida y Vallès Oriental envió un comunicado a La Vanguardia, publicado en la sección de “Cartas al director”, donde sus miembros se manifestaban “muy sorprendidos por la tergiversación mediática de las palabras y del libro de Santamaria. Invitamos a leerlo y a abrir un debate en profundidad antes de juzgarlo”. Y es que Slow Food España no existe como tal: Slow Food, en España, se organiza a partir de veintidós convivia, agrupaciones locales, sin una oficina central.  Por eso todos los convivia de Cataluña reaccionaron unánimemente con la ya mencionada carta a La Vanguardia: dado que no existe Slow Food España, el presunto comunicado era una impostura. Por desgracia, la prensa mordió el anzuelo y no verificó nada.

4. Sus profesionales deben ser independientes de los hechos y personas sobre las que informan.

Un botón de muestra: Ana Escobar colabora en Punto Radio como experta en restaurantes de moda. Es la misma Ana Escobar cuya empresa, Acción y Comunicación, es la responsable de la comunicación de El Chaflán, La Terraza del Casino, el Grupo Combarro, Nodo, Príncipe de Viana, Ramon Freixa Madrid y un largo etcétera.

De todos modos, y por desgracia, en estos momentos no hay en España prácticamente ni un crítico gastronómico que no tenga un chiringuito de relaciones públicas o venda espacios publicitarios a las multinacionales de la alimentación para sacarse unos cuartos. Y eso por no hablar de otros presuntos expertos, aunque no periodistas, que son directamente socios de los restaurantes que ensalzan. Entre las pocas y honrosas excepciones, algún que otro blog.