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Hacer la compra

Hay que aprender a hacer la compra para no tirar la casa por la ventana. Nos lo recuerda Santi Santamaria en un texto inédito del año 2002

Existen varias opciones a la hora de hacer la compra. La primera es hacerla desde casa: Internet nos permite comprar de todo, desde el pedido del súper a unas naranjas recién cogidas. Es una opción cómoda, poco apasionante para los amantes de la cocina, aunque sea un buen recurso en función del producto y de la disponibilidad de tiempo. Otra opción es ir en persona al supermercado o, mucho mejor aún desde mi punto de vista, al 9208.10xbtc.tk

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" onclick="javascript:_gaq.push(['_trackEvent','outbound-article','http://www.mercadosmunicipales.es']);" target="_blank">mercado del pueblo o del barrio. Ustedes ya saben que siento debilidad por estos mercados, que para mí son un elemento esencial de nuestra cultura y un distintivo de calidad de vida. No discutiré que algunos productos son los mismos que en los supermercados (¡esas frutas, verduras y hortalizas en bandejas de plástico!); es cierto, pero no suele ser es el caso del pescado, por ejemplo, donde el ojo selectivo del pescadero que va a la lonja y que, al mismo tiempo, sabe lo que quieren sus clientes, nos garantiza que el pescado será de una frescura insuperable.

Hacer la compra no quiere decir tirar la casa por la ventana: se tiene que aprender a contar, a administrar bien, a comparar calidades de producto y costes, procurando elegir lo mejor al mejor precio. El mercado es una gran escuela a la que debemos ir sin ideas preconcebidas, sin obsesionarnos con qué menú haremos.

Cuando llegas al mercado con el cesto o el carrito de la compra, es como si se abriera la veda: te conviertes en el blanco de piropos, requiebros y zalamerías varias. “Guapo”, “Reina”, “Ven, bonito”, vocean los vendedores y vendedoras para que te acerques a su puesto, donde ellos te muestran su género como si fuera el mejor, y algunos consiguen engatusarte, aunque otras veces te asalte la duda de si optar por el cabrito o por la dorada, si por una crema de zanahorias o unos guisantes estofados o unas cigalitas del puesto de la rubia, que aún están vivas y tienen una pinta de lo más estimulante. Las tentaciones son muchas y las debilidades y vacilaciones se pagan luego con la factura.

Los que son nuevos en la plaza incluso pueden  pasar vergüenza, sin atreverse a decir nada, como si todo lo que les ofrecen les pareciese bien. Por eso, lo mejor es ir al mercado las primeras veces con alguien que entienda, que sea un habitual, e incluso así es preciso aprender a separar la fidelidad o la amistad a un proveedor de la categoría del producto que ofrece: en la compra de lo que tenemos que echar en la olla no puede haber piedad, sólo cuenta la excelencia. Si tienen que penalizar a un tendero porque la vez anterior les vendió algo que no les funcionó, díganselo y castíguenlo: cómprenle menos o no le compren. Enseñen el carácter para que no les vuelva a suceder. Si te relajas, te conviertes en presa fácil.

Claro que hay otros productos que tenemos que comprar en tiendas especializadas en delicatessen: aceites, sales, vinagres, pastas, quesos… En estas tiendas también es básico ser cliente habitual. Suelen ser muy caras y a los que no son sus clientes de siempre no es raro que les endilguen un churro con la sonrisa en la cara. Por supuesto, no en todas partes cuecen habas, ni todos los dependientes están entrenados para actuar tan impúdicamente, pero hay que andarse con ojo. El caviar se vende hoy en muchos sitios, pero hay caviar y caviar, y el bueno no suele ser barato, aunque el más caro no tiene por qué ser el mejor: ciertos establecimientos tienen márgenes de escándalo, y conozco alguna tienda en Barcelona que vende la trufa blanca a un precio tan exagerado que te sale más a cuenta irte a pasar un par de días a Alba de Piamonte para comprarla directamente.

Compren lo necesario y vayan a menudo al mercado. Olvídense de esas familias que acumulan la comida en el congelador, la nevera o la despensa como si, en lugar de una casa, vivieran en un refugio antinuclear. Cuando uno se acostumbra a ir al mercado, comprueba que los conocimientos adquiridos, el trato con los demás y el producto fresco le dan calidad de vida. De buena vida. Aunque, como todo lo bueno, para conseguirla haya que hacer algún esfuerzo.